Alguna vez me dijeron que no me fiara de él, pues es traicionero y rara vez cumple su palabra; tiene unas garras tan mordaces como dagas y una fuerza que supera la de tres osos juntos; pero es tan cobarde como el hielo que se derrite ante el sol y tan incongruente como las alas de una vaca. Ese mismo León que en su ignorancia quiso vender el carbón cual diamantes y construir un castillo con palillos e hilo sobre un montón de hojas desecas por el otoño.
-“No lo sé”, “No me importunes con tus enigmas”, le respondí y corrí tan rápido como pude sin voltear un instante atrás, porque entonces lo hubiera visto justo detrás de mí con una sonrisa maliciosa y merodeándome cual fiera al asecho de un ciervo vulnerado.